martes, 31 de mayo de 2011

Albert Cohen: El libro de mi madre



Hijos de madres aún vivas, no olvidéis que vuestras madres son mortales. No habré escrito en vano si uno de vosotros, tras leer mi canto de muerte, se muestra más dulce con su madre, una noche, acordándose de mí y de la mía. Sed dulces cada día con vuestra madre. Amadla mejor de lo que yo supe amar a la mía. Que cada día le deis una alegría, eso os digo amparado en mi dolor, gravemente desde el peso de mi luto. Estas palabras que os dirijo, hijos de las madres aún vivas, son el único pésame que a mí mismo puedo darme. Mientras aún sea tiempo, hijos, mientras ella siga ahí. Apresuraos, que pronto reinará la inmovilidad en su faz de imperceptible sonrisa virginal. Pero os conozco, y nada os sustraerá a vuestra loca indiferencia mientras vuestras madres sigan vivas. Ningún hijo sabe de verdad que su madre ha de morir, y todos los hijos se enfadan y se impacientan con sus madres, locos que no tardan en recibir su castigo.

martes, 24 de mayo de 2011

70 años de Bob Dylan




Bob Dylan cumple hoy 70 tacos. Como algunos ya sabéis, era uno de los favoritos de mi madre. Aquí os dejo un curioso vídeo del tema “Like A Rolling Stone”, que pinchábamos a menudo en los tiempos del Pasarela, cuando media familia despachaba tras la barra: el vídeo consiste en la imagen de una aguja en un vinilo, tal y como se oían los discos en aquel bar de Zamora. Mi madre tenía mucho de rockera, por así decirlo. Con ella y con mis hermanos (y, en algunas ocasiones, mi padre) fuimos a ver conciertos de Deep Purple, Guns N’ Roses, Bob Dylan o Leonard Cohen (el último directo que vimos con ella), entre otros.

sábado, 14 de mayo de 2011

Medianoche en París




Ayer vimos la nueva película de Woody Allen. Una maravilla. Ya la analizaré la semana que viene en mi otro blog. Mientras pasaban las imágenes pensé mucho en mi madre. Le hubiera encantado. Amaba París. Y en realidad es una declaración de amor a la ciudad lo que ha rodado Woody Allen: los bulevares, los artistas, los cafés, la Torre Eiffel y otros lugares emblemáticos, la literatura, el romance, la lluvia… Mi madre se hubiera enamorado de esta película. Arriba os dejo con el trailer. 

domingo, 1 de mayo de 2011

Día de la Madre / Todos los días


[El artículo de abajo lo escribí hace unos años, no recuerdo cuántos. La muerte de mi abuela materna estaba reciente y se publicó el Día de la Madre. Lo acabo de releer y creo que es justo traerlo aquí de nuevo. Espero que os guste]


Todos los días 

Celebramos hoy el Día de la Madre. Le parece a uno que, de todos estos inventos del “Día de...”, el único que tiene un sentido profundo es el Día de la Madre, pues sin las madres ni usted ni yo estaríamos aquí. Dicen por ahí que el último rasgo de la inocencia del hombre, si es que a determinadas alturas y edades le queda alguno, acaba y se desploma con la desaparición de la madre. Conozco a muchos hombres y mujeres de cincuenta años para arriba que no han superado, ni lo harán nunca, la pérdida de su madre. Por eso hoy, para hablar de mi madre, he decidido glosar la pérdida de la suya, que es una herida que no cicatriza y por la que fluyen las tristezas como los versos del gran poeta. Sabe uno que hablando de un caso particular se alcanza, en cierto modo, el caso general, y por eso este artículo pretende ser homenaje a las madres que se perdieron y a los hombres que perdieron a sus madres.
Corrían los últimos días del año pasado. Mi abuela materna daba sus últimos estertores y yo regresaba a casa en la mañana del domingo, fiel a mi malsana condición de noctámbulo de fin de semana. Daban las diez menos un minuto en mi reloj cuando sonó el móvil. Las piernas me fallaban de cansancio y en el día claro piaban ya los pájaros con cánticos acaso premonitorios, que sin embargo no supe advertir. Al otro lado del aparato me anunciaba mi madre, con el deje de la derrota en la voz, que la suya había fallecido. Guardé el teléfono, que a veces nos sirve de algo, aunque sea para recibir malas noticias en momentos extraños, y con el empaque de quien llora hacia dentro llegué a casa. Mi descanso consistió en un café recalentado y una ducha para despojarme de esa capa de humo y sudor con que nos atavía la entrada en los garitos de noche. Luego acudí a la casa de mi abuela, de cuyas dependencias se la habían llevado; pero en los cuartos aún pude percibir ese olor que dicen posee la parca recién huída del lugar de su crimen. La siguiente parada fue en el tanatorio, donde un amigo mío había velado unos meses atrás el cadáver de su padre. La resaca, el sueño y la muerte de los allegados no resultan una buena combinación, y me sentía como un escupitajo de Dios en un valle olvidado por los hombres. Nunca suelo contemplar el interior de los féretros, así que me llevé del sepelio la imagen bonachona y dura como el pedernal de mi abuela en vida, que es al fin y al cabo la imagen que importa. Enterrábamos al día siguiente a una mujer recompensada por una juventud de sufrimientos, hambre y guerra civil, con la suficiente destreza de corazón e hierro en las venas para criar a una prole numerosa de hijos sin que se le cayesen los anillos del desaliento; una mujer que, como el acero templado en la fragua, se había licenciado con honores merecidos en la vida dura, en la crudeza de la posguerra y en el miedo a la noche y a los fascismos. Solía rezar cada día el rosario y velaba por los ángeles guardianes que, cuenta la leyenda, nos custodian a todos los seres humanos. La madre de mi madre era la clase de mujer dura pero pacífica que apenas se encuentra ya, porque hoy no se lava la ropa en el río, a temperaturas ingratas de invierno, ni se vive con los ahorros invisibles de la esperanza, ni se ha vivido la peste del hambre como después de la guerra. Así eran algunas mujeres.
Quienes pierden a sus madres se desorientan durante unos meses, como si se hubieran extraviado en la niebla del tiempo. Poco a poco, endurecidos, van regresando a su cauce, pero nada es lo mismo. Existen sujetos que desconocen la importancia de su madre hasta que se va. Deberíamos celebrar este día todo el año. Al fin y al cabo, ellas nos dieron un regalo impagable: la llave para inaugurar nuestra vida.